12/28/2011

Otro cuento (más) de Navidad.

Dicen que el destino marca nuestras vidas. Algo debe esconder esa afirmación.

No se hubieran mirado dos veces si no hubiesen coincidido en AQUEL preciso momento: Fumándose su tristeza en una barra. Apurando ese preciso rato de vida al ritmo del gintonic que tenían entre manos.

El la miró primero por aquello de la naturaleza masculina cazadora.

No era ni mucho menos despampanante, una mujer normal, aunque tenía unas bonitas piernas cruzadas y hechas un ovillo apoyadas en el saliente de un taburete de diseño impracticable.

Pero esa mujer calzaba una media sonrisa hipnótica que se gasta la gente que te dice algo sin querer hacerlo.
Una de esas muecas perezosas y no ensayadas que recorría  el garito con una mirada que hablaba de comprender, de aceptar; de disfrutar estudiando la vida de los demás mientras observas sus tonterías con un atisbo de felicidad en el rostro, más que nada porque cualquier persona cabal sabe que nunca es demasiado tarde para que uno mismo vuelva a hacer el ridículo.

Ese hombre no dejaba de ser uno más. De mediana edad, medianamente interesante. Viviendo a medias.

Y no hizo falta el estudias, trabajas, vegetas, o dame fuego, o cómo te llamas, o vienes  mucho por aquí.
Para él estaba claro que esa rubia vivía en otra ciudad. Ella tenía claro que él no era habitual de un lugar como ese. No ese hombre. 

El destino los reunió en ese preciso instante y ellos supieron leer entre líneas.
Los tres primeros minutos se dedicaron a trenzar palabras una detrás de otra y sin mucho sentido,por aquello de seguir cierta pauta civilizada.

Pero fue mirarse a los ojos de verdad y olvidarse de lo que piden las reglas de Urbanidad.
Comenzaron por inventarse historias sobre la gente que los rodeaba, y acunando con mimo sus respectivas copas, se contaron mil y un sentimientos escondidos y algún que otro sueño olvidado.

El se la jugó y la llevó a su casa aunque hacía meses que nadie entraba allí; desde que´ la otra´ lo dejó herido y con ganas de hacer de su vida un punching ball.

Ella se la jugó y entró en casa ajena cuando antes juró que las próximas veces sólo pisaría alfombras de hotel de cinco estrellas.

Y mientras él  trajinaba ese momento “llave en mano” ruborizante y pesado, los dos pensaban que era hora de ir olvidando el asunto y que los malos tragos, cuanto antes pasen…mucho mejor.

¡El destino perro!
No hubo jamás una noche más sucia que la suya, cutre, simple, humana…mágica.
Llena sólo de ganas de follar, de perderse en cuerpos sin reglas y terminar cuanto antes para volver al redil.

Persianas entornadas, siluetas recortadas en la niebla de una noche fría, brusquedades grabadas a cincel en el alma de ambos porque era lo que esperaban . Sólo seguían el guión de sus vidas sin reparar en el puñetero destino.

Y ese tocarse mucho, ese pellizcarse, ese rodar entre las sábanas, esos azotes que acababan casi en caricias amorosas, ese hombre que casi rogó por su cuerpo con la polla a punto de reventar mientras ella se abría deseosa y muerta de ganas de terminar con todo y largarse.


Ese anhelo que ambos llevaban oculto explotó esa noche en la que el destino hizo de las suyas, y decidió que fueran felices follando como fieras.

Llegada la luz naranja del amanecer,  ella se levantó de la cama, lo miró dormido con deseo febril ansiando que la ensartara otra vez …aunque ya estaba marcada con un ´algo´que no atinaba a descifrar.

Por un impulso desconocido le escribió una nota muy cuidada en su caligrafía  antes de marcharse:

- Gracias por la noche más maravillosa de mi vida. La recordaré siempre.

Cuando despertó, haciéndose el remolón y pensando en cómo echarla de su cama, se dio de bruces con la realidad del destino.Este era generoso y le había ahorrado la tarea.

Pasaron meses:

Ella de vez en cuando apoyaba un codo en su barra habitual mientras recordaba al mejor de sus amantes. Ahora sí creía en el destino, pero no que estuviera a su favor. Porque el efímero deseo, e incluso el hastío, dieron paso a algo desconocido.

Sabía que el sitio adecuado era junto a él  porque se cansó de traducir a su idioma la tristeza  inmensa que sentía cuando pensaba en sus manos pellizcando sus pezones, o sus piernas aplastándola durante el sueño.
O por recordar a machamartillo su silueta masculina a contraluz corriendo las cortinas en plena noche.


El guardó con mimo ese papel de primorosa escritura en su billetera, y de vez en cuando se recreaba en esa caligrafía femenina mientras maldecía el día en que no le preguntó siquiera en qué ciudad vivía.

 Porque más de una noche al apagar el ordenador para ir a dormir le consumían las ganas de tenerla bajo él a su libre albedrío.  De sentirla retozando en su cocina, en su casa y en su cama.
Sobre todo en su cama y rendida, y en su mente inventaba mil y una maneras de hacerla sufrir, mil y una maneras de voltear el mundo y encontrarla y vivirla de una forma en que los momentos mágicos jamás se convirtieran en cotidianos.
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Tenía dos reuniones, tres informes que cumplimentar, una barbacoa con los colegas a la que no llegaría a tiempo y un jefazo nuevo con fama de exigente, borde, y de venir a “arreglar el mundo” que  reclamaba su atención casi al filo de la hora de salida.

¿Permiso?
¡Adelante!
Buenos días. Me han dicho que me llamaba.

Ella se quedó sin aliento.
El, inconscientemente echó mano a su cartera...